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sábado, 4 de julio de 2009

Una mañana y su devenir

Texto recuperado de un cajón, fechado el 10 de septiembre de 2007


Anoche antes de dormirme leía un artículo de Juan José Millás, de la colección que publicó Aguilar y El País a partir de sus colaboraciones en ese diario. El libro en cuestión es Algo que te concierne. Ya les mando en breve un par de textos de ahí que son para morirse de risa, o para antes de dormir (no es que aburran). No quiero decir nada malo de Millás, a quien conozcopoco como para meterme con él, pero está bien para los últimos 20 minutos de conciencia antes del sueño. Lo digo porque últimamente estoy con Pessoa y no hay manera de parar, en nada son las tres de la mañana.


Decía Millás en alguno de esos textos que en un día un ser humano tiene miles de ideas, un bombardeo terrible, pero que al final solo se decide por un par, por salud, por practicidad y por sentido de realidad. Irremediablemente vino a mí la voz de Angélica y de René diciéndome “¡Para de pensar!, pensar, pensar, pensar, todo el tiempo pensar…” ¿Y cómo se hace?


Hoy al despertar decidí obedecer a mis ideas o atenderlas o al menos responder a algunas y ha sido la misión más imposible nunca antes emprendida por mí, el asunto es que son apenas las 2.28 pm y ¡renuncio!, aun así no pocas cosas buenas salieron del intento. Las ideas así se sucedieron: ah preguntarle a René sobre la pintura de la casa nueva; por cierto ese libro que estoy viendo desde la cama, quiero leer un poco tan solo; voy a poner la lavadora; tomaré un licui ahora mismo; qué ropa me pondré, el celular se descargó, debo ajustar las medidas del catálogo, ¿hay sol?; un verso “una voz traspuesta de vergüenza…”, pero anoche debí escribir los versos que pensé, cómo eran? No debo olvidar los correos pendientes; me gustaría leer esta tarde un poco más a Segovia, ya casi acabo el Cancionero de Pessoa, pinche vecinito y su escándalo de anoche; ¿cómo le irá a Nabor hoy con el retiro del clavo en su huesito?, ¡joder cómo pude perder los versos que escribí para él en el avión, no los perdí, sabrá dios dónde los puse; ¡ostias a propósito de avión, debo depositar el importe del de Saulo hoy mismo!; sí que tengo chingada la muñeca, me duele un friego, ¿qué día me tocaba la regla?; voy a transcribir el texto de Algo que te concierne para los cuates, un tema bonito ese, lo que digo: que algo siempre se está gestando, el accidente de la vida que te espera… debería retomar ese textito, ¿dónde está, en mi metaficción?, me gustaría escribir un poema con otro tono, me parece que ahí fui muy pesimista, debo releerlo; este fin de semana leeré lo de Marías también, pero tengo entre ceja y ceja a Bolaño, esta noche termino de releer Los años falsos de Vicens, enviaré a la editora mi reseña; propondré dos poemas para publicar en Contrapunto. No estaría mal enviar también lo de Benjamín sobre Marías, le preguntaré, no se opondrá. Debo consultar lo del traspaso de la línea del teléfono y el cable.


Todo esto mientras bajaba la escalera para el licui. De aquellos segundos me quedé con una idea por encima de todas: Bolaño; me pasa algo tan extraño con él, lamento tanto tu muerte, de una manera extravagante porque en realidad cualquier muerte de cualquier talento es lamentable pero es que lo de Bolaño cuando lo pienso me entristece de verdad, como de un amigo querido a quien uno extraña tanto, de quien revisita sus fotos y sus cartas y de pronto te enteras que ha muerto lejos y no asististe al sepelio, ni siquiera ese consuelo te queda.


Así que leo a Bolaño y me emociona, de pronto tuve ganas de verlo hablar, bendito YouTube, busqué una entrevista, encontré una muy larga e interesante dividida en varias partes y en una de esas partes menciona a Los detectives salvajes, cuyo protagonista, Ulises Lima, está basado en el poeta mexicano Mario Santiago, o más bien se trata expresamente de él. Santiago murió también no hace mucho, busqué un artículo sobre Santiago, encontré uno escrito por Villoro que más tarde compartiré con ustedes.


En fin, este es el devenir de una mañana cualquiera, la ropa está en el tendedero, sí salió el sol, el licui fue un licui profesional, estoy vestida, tengo claro lo que haré con el catálogo que diseño, ya está lo del teléfono y el cable, he puesto todos los mails, y el resto del día mientras el trajín siga seguiré pensando en las palabras de Bolaño y el gusto de escucharlo, tarde para mi, siempre a tiempo para él.


Será lo que dice Millás en “Horóscopo”, aunque no me entero aún y quizás pasen años todavía:

Algo que te concierne está sucediendo sin parar, aunque no sabes dónde. Quiza en la habitación de al lado, quizá en el otro extremo del autobús en el que te desplazas, tal vez en el vagón de metro, o en el coche que se ha parado junto a ti, en el semáforo, y cuyo conductor te ha lanzado una mirada de extrañeza. Algo que nos concierne se ha puesto en movimiento, puede que en un punto algo alejado de nosotros. Lo cierto es que en algún lugar ha empezado a formarse un tejido en el que se entrelazan los deseos, la desesperación, la felicidad o la desdicha de todos nosotros. Es un tejido que nos incluye, pero sobre cuya trama no tenemos ninguna influencia. Algo que nos concierne está sucediendo mientras recorremos las calles con el corazón destrozado por el amor o por la plusvalía. Algo inquietante está pasando ya en un bar cuyo nombre ignoramos, en un congreso de gente que habla en inglés, o quizá en italiano. Pero suena el despertador y tú te incorporas sobre la cama, sobre los sueños ya borrados, como todos los días. Te reconstruyes en cuestión de minutos, en cuestión de minutos reúnes los materiales que la noche dispersó, los ordenas, y el resultado es que vuelves a ser un individuo, como ayer, como el año que viene. Luego sales a trabajar disciplinadamente, a ganarte la vida, a relacionarte con tus contemporáneos. Te mueves como si no pasara nada, como si tu futuro fuera ajeno a lo que está sucediendo en algún sitio. El tejido sobre el que se desliza tu existencia es sólido, se pueden arrancar de él unos cuantos hilos, incluso el formado por ti, sin que la trama sufra alguna alteración. Tal vez lo que va a suceder está ya en el tu interior porque era ahí donde tenía que ocurrir. Pero aún no lo has visto, como no has visto al sujeto que se ha parado junto a ti, en el semáforo, con unas botas negras y la respiración ansiosa. Tal vez ese sujeto que no ves es tu hermano. O tu asesino.

martes, 23 de diciembre de 2008

El sobre rojo


Hace dos días casi sufro un ataque de ansiedad porque mi celular se apagó, y por alguna razón al encenderlo de nuevo me pedía el famoso PIN de reinicio; cuando algo así te ocurre, imágenes de tu vida se suceden a la velocidad de la luz en tu memoria y casi frente a tus ojos, algo así como cuando te llega el fatídico momento final. En este caso, las imágenes que se sucedieron en mi mente fueron más o menos de esta naturaleza: yo guardando la tarjeta del pin a buen resguardo en el bolsillo interior de mi cartera, yo guardándolo en el cajón derecho de mi escritorio, no, en el izquierdo; ahora dentro de un libro, ¿pero qué libro era?; ya sé, seguramente lo metí en una bolsita de papel que me dieron en una chocolatería, la conservé porque el diseño me pareció bonito y… No, no, ahora que lo pienso bien estoy casi segura que está en un bolsillo de mi abrigo, uno que no uso nunca; pero, ¿no lo habré metido entonces en la bolsita de papel y luego en el abrigo?...
Así que me levanto, voy a buscar la pinche bolsita de papel con el pin dentro, me abro paso entre la ropa de invierno y al final de los finales está ese abrigo que no me pongo nunca porque me cae mal, busco entre sus bolsillo y efectivamente, ahí está la bolsita de papel con el diseño ese tan bonito, miro dentro y está vacío, completamente vacío.
Entonces, ¿al final sí lo guardé o no lo guardé?, me lleva…, me lleva…x, ¿¡dónde fregados puede estar el $%&/=? el PIN de los… ?! Estoy que me lleva Pifas, pero respiro hondo, profundo, hondo. Trato de concentrarme y las imágenes ahora sí que son un verdadero desgarriate: yo guardando el PIN, yo tirándolo a la basura, enviándolo por paquetería en un sobre equivocado a mi jefe en Madrid, cocinándolo por error dentro de un pastel; veo a Roberto pegando la tarjeta del PIN en un cuadro justo por el lado de los numeritos, veo al PIN con un par de pequeñísimas alas doradas en el borde del balcón, justo en el momento en el que me avalanzo sobre él emprende el vuelo y se aleja sobre la línea del mar hasta que no veo más que un puntito rojo y oro, perdido para siempre.
Ante tal incertidumbre tomo una decisión: no pararé hasta dar con el dichoso PIN, así tenga que poner la casa boca arriba, quitar los cojines de sus fundas o descongelar el refri. Y en eso estoy, revisando todos los bolsillos de toda mi ropa, cajón por cajón, las páginas de cada libro en el estudio, y de pronto, de un libro, que no tendría ni porqué mirar dentro, cae un sobre rojo precioso sobre el piso, y no tengo ni qué mirar dentro para reconocer el sello inconfundible de su gusto: ese sobre contiene sin duda una carta de Claudia, atrás se queda el asunto tonto del famoso PIN, el reproche (muy justo) del cartero a quien encomendaron la entrega y lo olvidó (o sea, mi papá), y todo el berrinche que tenía antes de encontrarme con una letra que reconozco perfectamente, la hoja amarilla a rayas de una libreta familiar, y las palabras cariñosas de mi querida querida Claudia y su forma particular de dibujar las aes en posición final, lo respingonas de sus des, lo simpático de sus oes, sus comitas veloces. Me ha hecho tan feliz encontrar la cartita de Clau, se me iluminó el rostro, me emocioné y fui feliz.


Martha

Pd. Por cierto, el famoso pin apareció fácilmente, ya ni me acuerdo dónde, pero la verdad eso es lo que tiene menos importancia.

sábado, 8 de noviembre de 2008

La habitación de la memoria


Hoy encontré esto, fechado el 17 de abril del 2007, no hace tanto, y hace mucho. Julián ya no es un bebé sino un niño, yo casi cumplo un año viviendo en otro continente, mi padre ya no vive en Progreso sino en Xalapa, y la vida siguió... Estoy en otra ciudad, y me agradezco mucho el detalle de dejarme estas pistas para la memoria, gracias a eso he podido visitar de nuevo una de mis habitaciones favoritas.

Abril de 2007, Calle Moctezuma casi esquina Xalapeños Ilustres, Xalapa, Veracruz.

I

Por principio, paso esta noche en casa de Claudia La Rata, Electra, Lisistratita, uno de mis amores más tremendos de la vida. Es bonito decir algo así sin más preámbulo y sin cuidado de que se malinterprete. Estoy en su estudio, un lugar que me es tan familiar y tan placentero que tiene el poder de soltar mi imaginación. Antes de que el bebé de Claudia, Julián, siquiera anunciara que llegaría al mundo, y antes de que Roberto “naciera” en mi realidad, pasé muchas noches en este estudio, que yo llamé mi cuartito; en realidad mi cuartito cumple varias funciones aparte de ser mi refugio, un lugar que me abraza. Es la biblioteca de Roberto (Benítez) y Claudia, supongo que con los años será el cuarto de Julián, ahora es vestidor de Claudia, cuarto con mesa de trabajo, planchador y archivo.
Lo que sea hoy mismo no importa; me gusta el color, sin más es verde, todo es verde, incluso los colores que hay aquí que no son verdes son verdes también. La alfombra, el sofá, las paredes, la puerta, los lomos de los libros y una cajonera sobre la que descansa un reproductor de discos compactos que nunca sé cómo funciona, todo es verde.
Me gusta todo, como digo, incluso la cortina a rayas blancas y amarillas sobre la ventana. Cada vez que entro aquí es como si viajara hacia un sitio lejano en el tiempo, no en la distancia, como ir a mi cuarto cuanto tenía diez años o estar sobre el sofá junto al teléfono de mi casa en Mina, en la secundaria.
Hay otros sitios que me hacen feliz como esta habitación, por ejemplo una esquinita del cuarto de Roberto en Marbella, entre la cama y la pared que da al corredor del edificio, ese espacio breve, no sé porqué; nuestro viejo departamento en la calle Sonora, uno de los lugares más felices de mi vida, sin duda; el patio de Juchitán, cuando la casita negra del fondo existía e íbamos a asomarnos los niños más atrevisdos, seguros de que allá espantaban, muertos de miedo, íbamos a molestar a nuestros propios fantasmas.

II

Aquí, en mi cuartito de la casa de Claudia me sucede algo que sucedía antes en la calle Sonora: imagino cosas, recuerdo aromas y reconozco rostros que había olvidado. No sé por qué sucede, pero esta vez decidí no ponerle freno y tomar con calma ese dictado. Ahora, por ejemplo, recordé un cuento que escribí hace mucho, un inicio de cuento porque tengo una especie de maldición que me impide terminar un texto, me atoro, ya no sé qué más decir, enmudezco y se me pone la mente en blanco o se me llena de ruido de todas las cosas y me bloqueo.
Ese cuento, “Matías”, comenzaba con unos versos que soñé (no sé si los habría escuchado antes o fueron producto del sueño) decía algo así:

Matías, alquimista y envenenador
a la siete de la noche se convierte en gavilán
a las seis de la mañana se devora un gorrión
a las nueve se levanta de su casa de algodón
con plumas y huesitos que le pican la garganta
Matías, Matías, cuando mueras algún día,
¿quién querrá tu alma?


Son frases obscuras, como de ronda de niños demoníacos o fantasmales. Luego, junto a ese personaje vino el “recuerdo” de algo que no sucede aún, pensé en el día que por fin venda la casa de Mina, mi casa de infancia, no sé qué pasará dentro de mí ese día; muchas veces siento que tengo la memoria perdida o completamente contaminada de historias, de rasgos falsos de las personas de mi niñez, que estoy confundida sobre el color de ojos de mi abuela o su voz (casi no recuerdo su voz y me duele tanto sentir cómo se diluye ese recuerdo), que no soy capaz de recrear un evento real pero sí contar con detalles momentos que nunca sucedieron.
Cuando venda la casa donde todo aquello sucedió, cuáles serán mis referentes, los necesitaré, la casa de Mina será también una construcción que no sabré distinguir como real o imaginaria al pasar de los años. Una casa, una ciudad, lo que guarda. Y aún así nada deseo más que soltar amarras, quemar esa nave y mirar hacia el sentido opuesto de aquella vida.
Casi al mismo tiempo vino a mi mente otro cuento que, para no variar, comencé con entusiasmo y olvidé por completo hace años “La playa”, lo retomé más tarde y escribí un par de páginas y se llamó entonces “Marbella”. Pero es un nombre erróneo para ese cuento, no es de ese tipo de playa, es más una playa como Progreso, un puerto que es un pueblo y de no ser por estar junto al mar, no tendría ninguna alegría; no sé cuál será el nombre definitivo, pero habrá otro más sin duda.
En una parte del cuento dice: “Casi oigo romperse la última ola antes de que me venciera el sueño. No había dónde esconderse debajo de aquella luz caliente y te miraba, te escuchaba entre el sopor remover la línea muerta de las olas, pensé antes de caer en el sueño que aquello era como perturbar a los muertos: tú removiendo el último espasmo lacio del mar.” Es un cuento triste, lleno de melancolía, habla de una partida, de la distancia, de cómo conservar intacto un recuerdo que irremediablemente se diluye, de la pérdida de la memoria también. Cuando escribía aquello tampoco sabía que una pausa así vendría después en mi vida, esta que vivo ahora, lejos de Roberto, muchos días como un nudo en la boca del estómago, intento distraerme también tanto como puedo, de la mejor forma, como si yo fuera dos personas y una se empecinara en guardar silencio y la otra en mantener la conversación.

III

Todas esas cosas están ahora en mi imaginación, incluso el ambiente de la novela de Laura Restrepo que leo ahora, incluso escenas de taxis en una película de Jarsmush o pequeños recuadros, fotografías. Bendita sea, es la forma en que construyo la vida, la forma en que puedo poner los eventos en el pasado y en orden más o menos cronológico, de otra forma no sería posible.
Tengo una profunda afición por las imágenes simples, la de los objetos y los espacios comunes, las fotografías de las habitaciones, tan llenas de historia y de memoria. Como decía al principio, en los días más oscuros y llenos de soledad siempre me viene bien pasar una noche aquí, en el estudio de Claudia. Siempre me viene bien, la noche es más breve y se me reconforta el corazón. Desde que Roberto no está, tengo un déficit de contacto físico, muchos de mis amigos, aunque amorosos a su manera, no suelen tocarme, parecen demasiados pudorosos con el abrazo. Julián me ayuda mucho con esa parte, la tibieza de su abrazo me da las endorfinas que hacen que las semanas corran bien.
Todas estas cosas juntas están fraguando en mí un deseo de contar, tengo varios días permitiendo que las imágenes se almacenen. Recién René, Angélica y yo tomamos el autobús a Mérida para pasar Semana Santa con mi papá, un bombardeo de sensaciones, imágenes, rasgos y voces se me hizo presente. Eso pasa siempre que viajo, las cosas que vienen a mi mente, transformadas, las escenas que mira por la ventana de un autobús, cosas que no se miran nunca a ras de calle, se van aglutinando una junto a otra, en desorden.
También he evocado mucho la imagen de mi abuela Cecilia, incluso en estos días hablé un poco sobre ella, me cuesta tanto decir cabalmente quién era ella en mi imaginario, qué clase de crueldad más inocente ejercía sobre su descendencia o con qué ternura recuerdo su cuerpo gigantesco, su cariño hacia mi, tan genuino, tan secreto y tan mío. Me cuesta mucho decir con palabras nada sobre ella, era como una fuerza de la naturaleza, como viento con arena, como Juchitán, era también como una música triste y delicada, o un aroma dulzón como de gardenias. Cuanta tristeza tenía mi abuela y cuánta lujuria en sus historias de amante joven que me contaba sin ningún pudor cuando yo era apenas una niña.
Con todo esto también quiero decir que existe algo que quiero contar, y no sé qué es ni sobre quién en particular, pero llego aquí y estas dos personas (que dije antes soy yo misma) no paran de interrumpirse.

domingo, 12 de octubre de 2008

Había una vía




A Claudia Electra Domínguez

En una ciudad llamada Mina, érase una vía del tren, érase un ferrocarril pasando con su estruendo. Uno frente a otro, dos padres tomaban las manos pequeñas de sus hijas mientras soportaban que terminara el desfile de hierro. Frente a los ojos de los padres se suceden distintas y una misma superficie oxidada. Frente a los ojos de las hijas una película continua de todas las panzas de los vagones del tren, y detrás, como un espejo, piernas largas y un par de zapatos de hombre junto a unos zapatitos blancos y tobilleras azules calzando las piernas nerviosas de otra niña. Ellas quisieron asomarse bajo las panzas para mirarse los rostros, agitaban los pies, miraban con asombro que respondía la otra en la misma forma. Se retuercen de las manos de sus padres, quisieran liberarse, saludarse, reconocerse. El tren hace un desfile que no tiene fin, desesperan los padres. Uno de ellos pierde la paciencia, camina en sentido contrario al tren, le irrita perder el tiempo. El otro toma su sentido, detesta esperar.

Los padres no se adivinaron siquiera, las niñas no se miraron los rostros. Caminan remolcadas por sus ellos, giran la cabeza, estiran sus cuellitos, tienen la esperanza de verse en una de esas. El tren sigue pasando con su estruendo, su procesión eterna. Se han dado la espalda por fin, pero si caminan ambas por el mundo entero manteniendo el sentido que llevan, algún día darán una frente a la otra. Cuando se encuentren habrán de preguntarse: ­ ¿Cómo te fue?