jueves, 26 de noviembre de 2009

La página trece


Me está consumiendo el sentido común la idea de que sea esta noche, este medio día o esta media tarde “el día” que se cruce en mi camino. La cinematografía está cobrando uno de sus efectos más caros en mí: fantasear con una esquina edificada con el único propósito de hacernos tropezar y tener en el suelo un reguero de libros y bolsos que nos obligue a mantener la frente pegada a la frente en el nuevo orden de los objetos: no saber qué es suyo ni qué es mío. Demasiada televisión.

Debe ser por eso que voy cambiando sus nombres, sus aspectos, sus voces. No consigo hacer tierra en ningún puerto, ninguno me admite tampoco. Paso de un afecto a otro, creyendo casi de verdad (porque la víscera así lo dicta) que tal o cual parece ser la persona correcta, alguien que sufrirá el designio de mi voluntad de amarle. No fingí ni una sola vez, ni la primera ni la última, a propósito, ¿por qué siempre nos parece que no ha existido amor más terrible y placer más hondo que el último?, insuperable, sencillamente insuperable.

Ahora que echo la vista atrás noto un patrón o será que lo creo o que lo encamino hacia allá. Parece que he puesto todo mi empeño en elegir mis afectos a partir de su imposibilidad, algunos “podrían ser” si no fuera por que están lejos, porque están comprometidos pero infelices, cliché por demás barato, otros por su edad, por su ideología, yo que sé; algunos más por sus ambivalencias. En resumen que nadie está realmente, les noto el entusiasmo un día o dos o más y mi propio interés va desarrollándose exponencialmente hasta que de pronto una desilusión se me instala en el ánimo y todo va yéndose al demonio, yo querría estar, yo querría abrazar, besar, hacer el amor, preparar un té, deslizar los dedos en su cabello, replegármele, dejarle una nota en el espejo, tocar su timbre en la madrugada, tomar a oscuras un baño de agua caliente, besar su espalda, tomar su mano. Pero no está, eso es todo.

Evito las esquinas no por evitar a quien no viene en el otro vértice, sino por no hacer más el tonto de girar una de ellas y encontrar el camino miserablemente vacío de accidentes.

Xalapa, Ver., 16 de mayo de 2003


Foto del álbum Retratos Xalapeños de la serie Los singulares a cargo del colectivo Nacoestética
http://www.flickr.com/photos/singulares/show/


2 comentarios:

chanclas dijo...

Meryl Streep y Robert de Niro protagonizaron una romantica historia en Enamorarse (Falling in love) calcada al comienzo de tu post. Si no me equivoco se intercambiaban por error paquetes de navidad. La historia no terminó bien. Como casi siempre pasa en la vida real.
Pero mientras duró fué una autentica maravilla. Siempre hay que intentarlo ¿no crees?
Quién sabe si en una de esas ocasiones o esquinas se encuentra lo mas parecido que haya a la perfección y a la felicidad.
Así te lo deseo.
Besos

Martha dijo...

estimado amigo, no conozco esta peli que mencionas, suena a gran tragedia, ciertamente, aunque De Niro siempre es De Niro. Lo cierto es que cuando escribí esto era el 2004 creo, imagínate si no habré cambiado de opinión. Sin embargo sostengo que tal como en la música, existe una educación sentimental cinematográfica, sin duda.